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La obediencia

El ser obediente a Dios, no pasa por la sanción, ni por la bendición, solo queremos hacer lo que a El le agrada”.

Sin lugar a duda, la palabra obediencia nos ha sido familiar desde nuestra más tierna infancia, porque sin miedo a equivocarme creo que no es una cualidad innata al ser humano. Desde que apenas tenemos uso de razón comienza la laboriosa tarea asignada a nuestros progenitores, para hacer de nosotros niños obedientes. Ninguno nacimos sabiendo obedecer, sino que forma parte de un aprendizaje de vida.

Algunos reciben clases intensivas diurnas y nocturnas para llegar a alcanzar un nivel aceptable de obediencia exigible a nuestra edad. Pasados estos primeros años de vida donde alcanzamos ese nivel aceptable para nuestros padres y educadores donde podemos sentir su respiración en nuestra nuca para mantener el estándar establecido, pasamos a un nivel de mayor exigencia (adolescencia) donde se comienza a poner a prueba, la bien aprendida lección de obediencia.

La sanción inminente que hasta ahora garantizaba el buen resultado.

Esas primeras ocasiones donde nuestros padres depositaban su confianza en nosotros esperando obediencia a una norma aceptada, y demostrarles que aprobamos la asignatura sin problema alguno.

A estas alturas todos descubrimos que tenemos que aprender a ser obedientes, pero no a nosotros mismos y que esta asignatura hace de las matemáticas una asignatura extremadamente sencilla, incluso para los que son de letras.

Hay profesores que pueden enseñarte la materia y hacértela fácil y agradable, pero cuando decidimos no tomarla muy en cuenta y no escuchar la teoría, tenemos garantizado que la práctica será demasiado complicada y tediosa.

Quiero compartir algún pensamiento en esta oportunidad, para descubrir que al igual que las matemáticas están en el universo y valen para casi todo. La obediencia es mucho más gratificante y fácil de lo que pensamos, cuando a quien obedecemos es a Dios y no a las tinieblas. A veces tarda un poco la bendición en llegar y puede ser a causa de nuestra desobediencia.

Recordemos que la primera vez que Dios pidió al hombre obediencia en el Edén, el descuido y la distracción hicieron creer a Adán y Eva que la versión de la serpiente era igual que la recibida de Dios.

  1. Escuchar con claridad la instrucción que hay que obedecer, al final nos hace vivir confiados.
  2. Recordarla para ejecutarla de forma literal, y no relativizada de a cuerdo a nuestro criterio además la instrucción debe tener una única voz.
  3. No busques aliados para desobedecer y justificar tu actitud no intentes ganar tiempo aparentando haberlo sido. Pide perdón a Dios y retoma el camino.
  4. Una actitud obediente a Dios siempre tiene escondida la bendición. Deuteronomio 28:1-2. Nos da acceso al buen tesoro del cielo para bendecir la obra de nuestras manos. Nos enseña el camino a la honra.

El caso del Rey Saúl, se puso de acuerdo con el pueblo para hacer lo que ellos pensaban que era mejor y Dios dijo: “me pesa haber puesto por rey a Saúl porque sea vuelto de en pos de mí y no ha cumplido mis palabras”.

Saúl comenzó a escuchar al pueblo y a la par olvidó la instrucción recibida.

En el libro de Filemón 1:21 Pablo habla con él y le dice: “Te he escrito confiando en tu obediencia, sabiendo que harás aun más de lo que te he pedido” que excelente actitud la de Filemón. Como Pablo conocía que le obedecería.

Y por último, el hecho de ser obediente a Dios no por la sanción, ni por la bendición, sino porque le amamos de tal manera que solo queremos hacer lo que a El le agrada.

No sé tú, pero yo más que ser obediente, deseo honrar a Dios.

” ]

Sobre Arley Narvaez Cruz

El principio de la sabiduria es el temor de Jehova

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