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Fe y obras

Santiago 2:15 nos habla de fe, obras y salvación:

Santiago 2:14
“Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?”

Muchos hermanos se quedan perplejos con este pasaje, pensando que Santiago contradice a Pablo, quien tantas veces dice que un hombre es salvo y justificado libremente, sin ninguna obra, a través de la fe en el Señor Jesucristo y Su resurrección (ver los artículos: “Justificación y la Biblia” y “Sublime Gracia”) Algo que necesitamos poner en claro desde el mero principio es que la Palabra de Dios nunca se contradice. Lo que sucede comúnmente, y sucede en este pasaje, es un problema de entender lo que la Palabra de Dios nos dice. El propósito de este artículo es ayudar al lector en la comprensión de este pasaje de Santiago 2 así como dar un panorama más completo sobre la salvación.

Fe y obras: el que tiene verdadera fe también tendrá obras

Empezando en la primera parte de Santiago 2:14, vemos a Santiago hablando de “alguien que dice que tiene fe”. La expresión verbal de la fe de uno, es decir, si alguien dice que tiene fe, no es suficiente para salvarle. De hecho, Pablo nos dice lo mismo también en Romanos 10:9-10 que dice:

“que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.”

Para que alguien sea salvo lo que se necesita es verdadera fe, fe del corazón. Tal fe es a la que se refiere la Palabra de Dios. Fe que simplemente es de la boca para afuera, es decir, que no existe en el corazón, no es verdadera fe. Como el Señor dijo: “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). La confesión de fe es la confesión que viene del corazón que ha creído. Porque de otro modo es una confesión falsa. Si por lo tanto, como Santiago 2 dice: “alguien dice tener fe”, dos cosas pueden pasar:

Su confesión es genuina, esto es, lo que dice es verdad, o lo que dice no es genuino, es decir, aunque diga que tiene fe en realidad no la tiene. Tomemos el primer caso, el caso de una confesión genuina. Esta confesión, siendo genuina, es una confesión de fe que ya está en el corazón. En este caso, una consecuencia natural de esta fe es el fruto, las obras. Por decirlo de otro modo: aunque las obras no preceden la salvación y la fe (es decir, no somos salvos por obras), sin embargo, son consecuencias naturales de la salvación, vienen como fruto, como resultado de la fe presente en el corazón. Como el Señor dice:

Lucas 6:43-45
“No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca.”

El fruto, las obras de todo hombre, es el resultado de lo que hay en su corazón. Como también en Romanos 10:10 leemos “con el corazón se cree… y con la boca se confiesa para salvación”. En otras palabras, la boca debe seguir siempre lo que hay en el corazón. No hay salvación simplemente cuando la boca confiesa sino cuando el corazón ha creído y luego como resultado la boca confiesa esta fe. Y puesto que tal tesoro, tal árbol, tal fe, existe en el corazón es natural también ver en ese árbol el buen fruto respectivo. Por lo cual, las buenas obras son algo muy natural, tan natural como cuando un buen árbol da un buen fruto.

Fe y obras: las obras, prueban de quién somos hijos

Cuando alguien nace de nuevo (Efesios 1:13) es sellado con el espíritu santo, recibe una nueva naturaleza y se convierte en hijo de Dios. Esta nueva naturaleza da fruto – cuando, es de esperarse, caminamos en el. Como Pablo dice sobre este fruto:

Gálatas 5:22-23
“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.”

Todas esas son características de Dios también. El es amable, bueno, sufrido, gentil, amoroso, fiel, etc. Ahora, puesto que somos hijos de Dios – y aquí me estoy refiriendo a gente que ha creído genuinamente en el Señor Jesucristo como el Mesías y el Hijo de Dios – es absolutamente normal exhibir las mismas características de nuestro padre, esto es, ser bueno, amable, gozoso, sufrido, benigno y con dominio propio, etc. Es normal parecernos a Él, reflejarlo. Lo mismo sucede con nuestros hijos: es normal que ellos se parezcan a nosotros, ya que son nuestros hijos. Los hijos de Dios, por lo tanto, se parecen, reflejan a Dios, quien vive en su interior. Obviamente, eso no puede suceder a aquellos que no son Sus hijos: ellos no pueden y no se parecen a Dios ya que no son Sus hijos. Y ¿cómo es que alguien se parece, refleja a Dios? Muy simple: en las características que exhibe, en el fruto que da, en sus obras. Las obras, el fruto demuestra de quién somos hijos realmente. Observa este diálogo entre Jesús y ciertos judíos, quienes, como el contexto nos dice (Juan 8:30-31) de hecho, habían creído en Él pero luego eventualmente, después de la siguiente conversación, ¡lo quisieron apedrear (Juan 8:59)!

Juan 8:38-44
Yo hablo lo que he visto cerca del Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído cerca de vuestro padre. Respondieron y le dijeron: Nuestro padre es Abraham. Jesús les dijo: Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. Entonces le dijeron: Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios. Jesús entonces les dijo: Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió. ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.”

Esa gente creía que Dios era su Padre. Pero, si Dios era realmente su Padre no hubieran llevado a cabo esas obras. Ellos, sin embargo, hacían las obras del diablo. Por lo tanto, ¿quién era su padre? Aquel, cuyas obras hacían: el diablo.

Lo que quiero decir con lo anterior es que las obras, el fruto que da cada hombre, es la prueba de quién es hijo. Si alguien es realmente hijo de Dios hará las obras de Dios y de hecho las hará naturalmente ya que son parte de su ADN espiritual. Dios lo ha hecho para eso. Como Efesios 2:10 dice para lo que fuimos creados, hechos, está en nuestro ADN espiritual, las buenas obras que Dios ha preparado para nosotros. Las obras para las cuales aunque no precedan fe y salvación, sin duda la siguen. Fe que no ha dado fruto, fe sin obras, es muerta, como Santiago 2 dice.

Sé que algunos tendrán dificultades para creer esto que digo, como en algunas iglesias hay una enseñanza que dice “confiesa a Jesús como salvador y serás salvo”. Eso sin embargo, no es verdad. “cree en tu corazón que Dios levantó a Jesús de los muertos y luego confiésalo como Señor. Entonces serás salvo” (Romanos 10:9-10). Eso es correcto. Es la fe lo que salva y la confesión simplemente confiesa esa fe. Como el Señor dice:

Mateo 7:21
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.”

Para alguien que dice “Señor, Señor” no es suficiente. Necesita verdaderamente decirlo en serio. Y si lo dice en serio o no será demostrado por el fruto, el cual hace que lleve a cabo la voluntad del Padre. Y sí, puede que alguien caiga en errores que pueden afectar, incluso seriamente, su fructividad. Sin embargo, no puede suceder que él o ella sean permanentemente infructuosos. Un cristiano que nunca ha dado fruto simplemente no es cristiano1. Sé que esto no puede sentarle bien a ciertos lectores pero creo que esto es la verdad de la Palabra.

Para resumir: cuando hay verdadera fe en el corazón de un hombre, las obras saldrán naturalmente, como el fruto viene naturalmente de un árbol. Somos creados, hechos, es natural para nosotros hacer, las buenas obras que Dios ya tiene preparadas para nosotros (Efesios 2:10).

Por lo cual, este es el caso de un hombre: el caso de un hombre cuya confesión es un resultado de la fe que tiene en su corazón, en otras palabras REAL.

Fe y obras: aquel que “dice que tiene fe”

Ahora, aparte de este caso, también hay otro. Este es el caso de la fe que “alguien dice que tiene”, pero es fe solo de palabra. Esa es la fe de un hombre que no ha creído realmente en su corazón y quien, por varias razones, puede pretender, incluso muchas veces sin darse cuenta, ser un creyente. Tal hombre, un hombre que “dice tener fe” pero en realidad no, NO es un hombre nacido de nuevo y por lo tanto lo único que tiene es la naturaleza pecaminosa de Adán, esto es, tiene un árbol podrido y enfermo. Y de tal árbol no hay manera de obtener buen fruto. Si por lo tanto “alguien dice que tiene fe”, pero el buen fruto respectivo falta y pasa de manera permanente, tendríamos que preguntarnos si la fe que dice que tiene es genuina. Como el Señor dijo: “cada árbol se conoce por su fruto” (Lucas 6:44). Viendo el fruto que conocemos de ese árbol. Aquí necesito aclarar que este artículo no propaga el hacer que la gente sospeche de la salvación de otros. Dios juzgará la obra de todos y conoce nuestros corazones. Lo que este artículo busca es despertar al lector que es complaciente porque alguna vez, en algún lugar, hizo una confesión de fe sin ninguna transformación sucediendo en su vida. Si alguien cree que por una simple confesión va a ser salvo se engaña a sí mismo. ¡La fe es la que salva! Y si la fe está presente, entonces realmente no hay necesidad para nadie “decir que tiene fe”: esta fe será manifestada a través de las obras, el fruto que lleva.

Habiendo dicho lo anterior, ahora leamos Santiago 2:14 una vez más:

“Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?”

¿Puede la fe que solo es de palabra y no en el corazón salvar al que dice tenerla? NO. El fruto, el caminar en las obras que Dios ha preparado para nosotros y para las que nos ha creado (Efesios 2:10) es un resultado natural de la fe. Así como obtenemos naranjas de un árbol de naranjas, así también del creyente nacido de nuevo, el creyente que tiene al espíritu de Dios en él, obtenemos el respectivo fruto. Si alguien dice que tiene fe pero nunca tiene el buen fruto que le acompaña, probablemente no tiene la fe que dice tener. Tal fe, fe de palabra y solo de palabras, es una fe muerta como el árbol muerto que no da nada. Y a ese hombre es al que se refiere Santiago: “¿Puede la fe [que dice tener] salvarle?”. Y la respuesta claramente es NO.

Sobre Arley Narvaez Cruz

El principio de la sabiduria es el temor de Jehova

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