Home / Noticias / Golpeadas y casi destruidas, pero restauradas por el poder de Jesús.

Golpeadas y casi destruidas, pero restauradas por el poder de Jesús.

Cada día, innumerables cristianos sufren la violenta persecución e inseguridad que predominan en Nigeria. Las investigaciones recientes de la Unidad de Investigación World Watch muestran que la opresión y la violencia están aumentando en África Occidental.

Es el caso de la familia del pastor Steven David. Junto con su esposa, Ruth, y sus cinco hijas, experimentó en su propia vida la crudeza de la persecución. Sus vidas casi fueron destruidas.

El año pasado, las vidas del pastor Steven David* y Ruth, su esposa y sus cinco hijas quedaron casi destruidas por la violencia de los fulani. Puertas Abiertas los invitó al Centro de Atención Postraumática Shalon. Aceptaron aquella invitación con la esperanza de sanar sus heridas y recuperar la dignidad que les habían arrebatado.
Cada día, innumerables cristianos sufren la violenta persecución e inseguridad que predominan en Nigeria. Las investigaciones recientes de la Unidad de Investigación World Watch muestran que la opresión y la violencia están aumentando en África Occidental.

Es el caso de la familia del pastor Steven David. Junto con su esposa, Ruth, y sus cinco hijas, experimentó en su propia vida la crudeza de la persecución. Sus vidas casi fueron destruidas.
Cada día, innumerables cristianos sufren la violenta persecución e inseguridad que predominan en Nigeria. Las investigaciones recientes de la Unidad de Investigación World Watch muestran que la opresión y la violencia están aumentando en África Occidental.

Es el caso de la familia del pastor Steven David. Junto con su esposa, Ruth, y sus cinco hijas, experimentó en su propia vida la crudeza de la persecución. Sus vidas casi fueron destruidas.

En septiembre de 2020, Ruth y sus hijas estaban solas en casa. Era de noche. El pastor Steven se encontraba ausente, ya que estaba atendiendo algunos asuntos de la iglesia, cuando un fuerte golpe interrumpió la conversación entre las mujeres. Los golpes en la puerta se hacían más fuertes. Cuando Ruth abrió la puerta, sus miedos se confirmaron: los fulani estaban esperándolas. Querían dinero, pero Ruth no tenía nada para darles, así que decidieron que se llevarían a Ruth y a sus hijas como pago.

«Si Dios realmente me ama, ¿por qué permite que sufra este dolor y esta vergüenza dos veces?»

Las obligaron a caminar por el camino rural que había cerca, pero Ruth rápidamente se cansó. Aquellos hombres la soltaron y continuaron con sus hijas. «Caminamos descalzos durante dos días. El camino era rocoso. Mis hermanas y yo no podíamos dejar de llorar», dice Damaris, la hija mayor.

«Finalmente, llegamos a un lugar desconocido por la noche. Era un campamento muy grande. Había más de 500 personas, todas encadenadas. En ese momento supe que, si Dios estaba con nosotros, saldríamos de aquella situación. Soportamos 18 días de privaciones, tormentos, hambre, miedo y ansiedad. Cada mañana reunía a mis hermanas para orar. Les decía que no culparan a Dios y que no perdieran la fe, sino que se aferraran a Él. Todo saldría bien. Después de una semana, los secuestradores pidieron los números de teléfono de nuestros padres. Los llamaron y les exigieron 100 millones de naires (aproximadamente 21.500€) o nos matarían».

Damaris escuchó a sus padres llorar por teléfono. «No tenían esa cantidad de dinero. Les suplicaron que, por favor, nos perdonaran la vida. Finalmente, aquellos hombres cedieron y dijeron que aceptarían 2 millones de nairas (aproximadamente 4.200€) y dos bicicletas grandes. También recordaron a mis padres que no dudarían en matarnos si no recibían estas cosas. Mientras terminaba la llamada escuché a mi madre llorar diciendo: “Dios tenga piedad de nosotros”».

En casa, el pastor Steven y Ruth vivían la situación con gran preocupación. Seguían orando por un milagro. «No hay nada más valioso y precioso que mis hijas, daría mi vida por ellas», decía. Esta vez, su vida no era la que estaba bajo amenaza. Para cumplir con las exigencias de los militantes, vendieron su granja y cualquier cosa que encontraron y que tuviese valor.
Peor que la misma muerte

«Finalmente, llegó el día de nuestra liberación. Mi padre entregó el dinero y los bienes en el lugar acordado. Entonces los hombres que nos secuestraron volvieron al campamento a por nosotras. Teníamos hambre y estábamos débiles, pero la idea de ser libres y reunirnos con nuestros padres nos dio fuerzas. Seguíamos agradeciendo a Dios mientras caminábamos por el bosque».

Damaris y sus hermanas se sintieron esperanzadas. Sin embargo, los militantes no habían terminado con ellas. Tenían un plan que sería mucho más dañino que las armas y las amenazas. «Cuatro jóvenes que nos escoltaban nos dijeron que teníamos que bañarnos en el arroyo que había cerca. Dijimos que no, que nos bañaríamos cuando llegásemos a casa, pero nos apuntaron a la cabeza con sus armas y nos dijeron que, si no lo hacíamos, nos matarían. Nos asustamos y nos dirigimos hacia el arroyo. Después, los hombres nos señalaron a mi hermana Faith y a mí, y nos ordenaron que los siguiéramos. Empecé a temblar de miedo, sus armas todavía nos apuntaban a la cabeza. El resto de nuestras hermanas empezaron a llorar mientras preguntaban: “¿A dónde las lleváis?”, pero las golpearon tan fuerte en la cabeza que cayeron desplomadas”.
Los hombres violaron a Damaris y a Faith. «Fue la peor experiencia de mi vida”, compartió Faith. Cuando las tres hermanas más jóvenes vieron a Damaris y Faith en el suelo, comenzaron a llorar. Las palabras no fueron necesarias para explicar lo sucedido. Las ayudaron a levantarse y continuaron con su camino con el deseo de que la pesadilla terminase pronto.

Aunque pareciera imposible, la situación fue a peor. Un miembro de otro grupo de militantes fulani violó a Faith por segunda vez. Faith recuerda: «Eran mucho mayores. Preguntaron dónde íbamos y les contestamos que volvíamos a casa. Uno de ellos me miró y me ordenó que le siguiera. Mi corazón se hundió. Estaba muy asustada; me habían violado hacía solo unos minutos y ahora me habían vuelto a escoger a mí. Mis pies me pesaban cuando me ordenó caminar mientras me apuntaba con su arma. Me agarró y me tiró al suelo. En este punto le pedí a Dios que me quitara la vida. El dolor y la humillación fueron demasiado. Pensé dentro de mí:

«Si Dios realmente me ama, ¿por qué permite que sufra este dolor y esta vergüenza dos veces?»

Después de todo el sufrimiento, las niñas regresaron a casa y pudieron reunirse con sus padres. «Lloramos juntos y cantamos canciones de alabanza a Dios. Cuando compartimos nuestra experiencia con ellos simplemente lloraron».

El Centro de Atención Postraumática Shalom escuchó lo que les había sucedido a las hijas del pastor Steven e invitó a toda la familia a pasar una semana allí. Aunque fueron Damaris y Faith quienes recibieron la peor parte de estos violentos ataques, toda la familia sufrió junto a ellas.

«Cuando llegamos a aquel lugar, mi madre se negó a entrar. Ver los alrededores rocosos del Centro desencadenó malos recuerdos. Se acordó del día en que nos secuestraron. Cuando finalmente entramos, había tanta paz en el ambiente que me olvidé de lo que habíamos sufrido», dijo Faith.

Durante toda la semana, la familia estuvo participando en sesiones diseñadas específicamente para ayudar a los sobrevivientes a superar el trauma. Gracias a estos talleres y, sobre todo, por la gracia de Dios, esta familia encontró paz y aceptación. «Escribimos todos nuestros miedos y sufrimientos, para luego llevarlos a la cruz y colocarlos a los pies de Jesús. Durante aquella ceremonia sentí como si me quitase el dolor, especialmente cuando aquellos papeles fueron quemados y se convirtieron en cenizas».

Ningún proceso de restauración es un proceso lineal, así que volvieron a invitar a la familia al Centro otra semana. «Aquella semana descubrí mi identidad en Cristo», dice Faith, que había quedado profundamente herida emocionalmente por la doble violación.
En una de estas sesiones, pidieron a cada miembro de la familia que dibujase un autorretrato exactamente de cómo se veía a sí mismo. Faith no podía dejar de llorar, así que le preguntamos si podíamos hablar con ella. «Desde la doble violación, el odio hacia mí misma y la vergüenza habían crecido dentro de mí. Me sentía sucia e indigna, pero ahora sé que, a pesar de aquello, Dios todavía me ve como una hermosa joven. Soy su maravillosa creación, hecha a su imagen». Una gran sonrisa reemplazó a las lágrimas en el rostro de Faith al decir: «Ahora tengo más confianza. Estoy lista para salir al mundo con la cabeza alta, porque Dios me da valor. Aquí finalmente he encontrado paz».

El mayor miedo de la familia cuando las niñas fueron secuestradas es que no regresaran vivas, pero Dios las trajo de vuelta. A pesar de lo que Damaris y Faith vivieron, continúan teniendo esperanza, una esperanza que va creciendo.

Tal y como ellas dijeron, todas sus cargas, su vergüenza, las lágrimas y los miedos desaparecieron en aquel Centro de Atención Postraumática cuando encontraron la paz en Jesús.

«Me sentía sucia e indigna, pero ahora sé que Dios todavía me ve como una hermosa joven. Soy su maravillosa creación, hecha a su imagen».

Comentar

x

Noticias Relacionadas

Países pobres están en peligro de bancarrota, son mas de 50 advierte la ONU

Achim Steiner, administrador del PNUD, instó a las naciones más ricas a ofrecer ayuda urgente ...

Líder religioso insta a los judíos a abandonar Alemania

«No quiero vivir en un país donde no se puede usar una kipá en la ...